El “Maestro” Guerrero, el primer gran arquero chileno

El maestro Guerrero se ganó en el extranjero los adjetivos más suculentos que se pueden imaginar. Fué en aquel primer sudamericano jugado en Buenos Aires, y teniendo por escenario al entonces hermoso campo de Gimnasia y Esgrima, en el año 1916. Chile no presenta un equipo de gran calidad pero en cambio llevala figura que lo ha de salvar del desastre y que le ha de ganar el público argentino. Los adversarios dominan siempre, abrumadoramente. Tiros y más tiros buscan las redes del “maestro” y las manos de éste detienen como por encanto. Poco a poco el público va reparando en el. Los primeros aplausos se hacen sentir y más tarde se cambian en gritos roncos de admiración. Guerrero para cuanto llega, pero no se le pueden pedir milagros. La cvalla cae vencida varias veces en todos los encuentros, y su nombre se eleva sobre tales contrastes, con ribetes de campeón. EL destacado periodista Hugo Marini escribe: “Guerrero fué la figura del 16. En aquel inolvidable escenario de Palermo, recortó su figura, también imborrable, el formidable guardavallas de Chile Guerrero. Ningún afcionado podrá olvidar jamás la gallarda estampa de aquel crack. Los chilenos presentaron un team endeble, especialmente en defensa, y de allí que Guerrero pudiera ofrecer una acabada demostración de sus eximias condiciones. Bastaría solo recordar que se batió con centro forwards magníficos, como lo eran Marcovecchio, Friendenriech y Piendibene, para tener una idea de las proezas que debió realizar para merecer el elogio unánime de la prensa de si tiempo”.

 

…al finalizar cada partido el público invadía la cancha y levantaba en andas a nuestro guardavalla, paseándolo delante de las tribunas…

Tal es lo que Hugo Marini coloca en recuadro especial en su libro dedicado a los sudamericanos y que reviste importancia capital, por la sencilla razón de que ningún otro jugador es premiado en dicho libro con un recuerdo semejante. Al año siguiente entra en disputa la Copa América y Uruguay, actuando como local, inscribe su nombre por segunda vez. Guerrero está nuevamnete defendiendo el arco chileno. Su misión era ya en esta ocasión de gran responsabilidad. Debía defender el prestigio de que venía precedido y los que seguimos de cerca las actividades futbolísticas sabemos perfectamente lo duro que ello resulta. Conformar a un público cuando se es desconocido es taera sencilla. Lo que se haga se bien parecerá superior. Pero presentarse con visos de consagrado ante una hinchada como la uruguaya que se recreaba la vista domingo a domingo con arqueros de la talla de Saporiti, eso ya era un problema de difícil solución.

Pues bien el maestro Guerrero hizo lo que le exigieron; lo imposible. Y si en Buenos Aires la gento lo aplauió como a una estrella y le adjudicó título de crack sin reservas, aquí llevó su fanatismo al paroxismo.
Se cuenta que al finalizar cada partido el público invadía la cancha y levantaba en andas a nuestro guardavalla, paseándolo delante de las tribunas, donde el aplauso y los gritos de los espectadores se sumaban a la ya espléndida demostración de cariño. Acaparó la atención de los hinchas al extremo de que cuando era reconocido en la calle o en cualquier bar, formábase inmediatamente a su alrededor una legión de simpatizantes que terminaban siempre invariablemente, con llevarlo en andas. Intervino luego en dos campeonatos más, y su figura alcanzó fama mundial, por decirlo así.

 

Extracto de revista Estadio