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La marea roja: apuntes tardíos Etnografía futbolera

El campo, ese territorio que la antropología santificó como el sitio en que se debe desarrollar el trabajo del etnografo, esta vez se nos aparece en la pantalla del televisor. El cuaderno de notas, que también puede ser el telefono celular, encima de la cama o en el velador, Ya no se necesitan buenos zapatos para caminar por el lugar para levantar información. El control remoto lo relativamente cerca para subir el volumen o bien para acudir al salvador “mute”. Hay que reconocer, eso si, que lo que uno logra ver, está mediado por la mirada del camarografo y éste por la del director. Vemos, por los ojos de él. Esta consideración epistemológica y metodológica debe estar siempre presente. Visto desde las gradas este espectáculo aparece con otros tintes, otras texturas, incluso aromas y sonidos. La TV oculta otras voces y otros rostros. Nada reemplaza al ir al estadio o a la cancha como dicen allende la cordillera. Miralo sin mediación de la TV es el acto primordial. Pero a falta de pan…
De vez en cuando un paneo general sobre el estadio y uno que otro comentario de los relatores acerca de la ciudad en la que se emplaza. Entran los equipos encabezados por la terna arbitral. El juez principal toma en sus manos, el balón. Cada jugador camina con un niño o niña de la mano. No hay gestos de ninguna especie de los jugadores hacia sus acompañantes. Miran hacia el más allá. Se forman en una fila larga, y los árbitros al medio. Se cantan los himnos patrios. Los nuestros, se ponen la mano en el corazón. Desafinan, pero a nadie les importa. Son jugadores y patriotas, no cantantes. Es marca nacional seguir entonando nuestro himno a pesar de que ya finalizó la versión abreviada. Los relatores no pueden evitar que el amor a la patria, le cambie el tono de la voz. Hablan de las montañas y de lo lindo que es el lejano país (La distancia suele provocar ese tipo de sentimientos, tribales, por cierto).

Marea roja

Los triunfos de la selección chilena en fútbol le han dado un nuevo impulso al patriotismo. Si antes el orgullo por ser chileno estaba dado casi exclusivamente por nuestras épicas militares, sobre todo la de Prat, hoy se articula, en gran medida, por la práctica de este deporte. La fractura entre el mundo civil y el militar que provocó el golpe militar de 1973, no da para que el nacionalismo se reduzca exclusivamente a sus componentes militares. Menos mal.

La así llamada marea roja, funciona como dispositivo que promueve el orgullo de pertenecer a la nación de Neruda y de Violeta Parra. Estos dos son intercambiados por Vidal y Sánchez. Los tatuajes del primero y la simpatía del segundo (amor por los perros y su romance, anunciado semanas después de haber finalizado este torneo), se levantan como modelos a imitar. Lo anterior independiente de sus habilidades futboleras. Cobra vigencia la frase de Albert Camus, “la patria es la selección de fútbol”.

Detrás de esta metáfora de la marea roja, está una potente máquina comercial. Desde televisores, camisetas, carne para el asado, pasando por cerveza y vino, hasta telefonía móvil. La figura del guatón parrillero, se alza, desde fuera de la cancha como el promotor de ese sentimiento. La idea de fondo es que hay un regla no escrita para ver estos partidos: asado, parrilla, camisetas y toda la familia en torno a ese ritual.

Los canales de TV, por su parte, usando todo su poder mediático compiten uno con otros, para capturar audiencias. El modelo de la trasnacional Fox Sports, imitando sobre todo la estética argentino, se instaló con camas y petacas en el living o en el dormitorio, de las casas chilenas. TV Nacional inventó la frase “Sin miedo” para sintetizar algo de nuestra extraviada identidad nacional, sobre todo santiaguina. Ya sabemos que en regiones, esto es distinto, no en todas, pero si en algunas, sobre todo en el Norte Grande. Los chilenos ya no lo tememos a nadie y nos paramos de igual a igual, frente a los más grandes. Bielsa, Sampaoli y Pizzi, los tres argentinos, modelaron esta insolencia que parecía ser parte de la viveza del roto chileno, una figura casi extinguida. El Gary parece ser la última expresión de ese personaje, tanto así que el Ejército lo premió por su acto heroico en el Mundial de Brasil.

La idea de la marea

La marea alude a algo incontrolable. Todas las metáforas que proviene del mundo natural se afirman en el argumento de algo que no se puede modificar, menos controlar. La masa de chilenos, en este caso por Moscú y en otras ciudades se puede ver como una nación en expansión, bulliciosa, alegre, que exhibe el orgullo de ser chilenos en esta parte del mundo. Ser de la marea roja, significa capacidad de movilización, una especie de ejército post-moderno con atributos tribales y urbanos (tatuajes, cara pintada, letreros, etc).

Lo de marea refiere a una masa de agua que sube su nivel y que irrumpe en las calles, en este caso de Moscú y de otras ciudades, señalando su presencia a través de las camisetas rojas. Una especie de neo-bárbaros que rompen la solemnidad de esas ciudades patrimoniales que transitaron del Zar a los bolcheviques, los de Lenin y luego de Stalin, y ahora bajo la mano de Putin, se insertan rápidamente en el mundo globalizado. La marea roja un símbolo del exitismo económico chileno, hoy en crisis, que se recrea en el resto del mundo.

El fútbol como religiosidad popular

A esta altura bien podríamos considerar al fútbol como una especie de religiosidad popular, que logra en forma efectiva crear una hinchada que se comporta a veces, como peregrinos. Recalco, a veces, para no caer en equívocos. Cierto periodismo deportivo se ha transformado en el aparato eclesiástico de esta religiosidad. Y como tal abandonó el sentido crítico por la alabanza. Una religión que produce cada cierto tiempo profetas y héroes. Alexis, el tocopillano, se convierte en histórico ya que supera la marca de Salas. Una especie de ángel que con sus perros y sus “calugas” promete ser la encarnación del hombre nuevo. En su ciudad natal está su monumento, un paso más hacia su sacralización. Una religión que precisa de poetas, de allí el trovador del gol, de allí el Negro Palma, de allí los despachos sobre lo que hacen y no hacen, cuando no juegan, los seleccionados. Borghi, con su sentido de humor, a veces hereje, no logra, sin embargo, aterrizar esta práctica que se juega a ras del césped.

Fontanarrosa titula a uno de sus libros con el nombre de “El fútbol es sagrado”. Sin embargo, se le atribuye al mediocampista húngaro Jo Boszic esa frase. Su día, el domingo y su templo el estadio. Las cábalas de los futbolistas, los cánticos en las gradas, los brazos alzados, los hinchas pintados, los jugadores tatuados constituyen parte de la liturgia.

Una religión en la que los hinchas, son más importantes que todo el entramado, amenazan y santifican, queman biblias y monopolizan las lealtades. A veces son peores que la misma Santa Inquisición. Este forma de ver el fútbol, hay que precisar, se parece más a las religiones populares de corte evangélica, conservadoras en la ética. Aquellas que son, por ejemplo, homófobicas. La figura del pastor Soto, los puede representar. Las religiones populares, de tipo mariana, al contrario son inclusiva tanto con los extranjeros como con los homosexuales.

Los cantos de los barras bravas son racistas y homófobicos. Además, en el caso de nuestra marea roja, al igual que otras barras, operan vía sectas, excluyentes y violentas. No solo hay que derrotar deportivamente al rival, sino acabar con ellos. La gresca en Moscú, así lo evidencia.

El caso es que en Chile, fue la figura de Eduardo Bonvallet (1955-2015), el primero que se planteó como una especie de profeta de este deporte. Se autodenominó Mesías: “Borghi me copió el estilo de jugar porque sabe que yo soy el Mesías del fútbol chileno”. Anunció, más de alguna vez, que si Chile, se convencía de sus capacidades, podía pensar en salir campeón del Mundo.

EL relator del Mega, a la hora de los penales, en la que Chile y Portugal disputan un lugar para las finales de la Copa Confederación, en una especie de oración exclama” Con tus guantes celestiales, Claudio Bravo, vamos”. Y antes del penal ejecutado por Alexis, agrega: “El milagro del desierto”.

Pero esta forma de religiosidad perdió su oportunidad histórica. Careció de un ritual de expiación y por ende de una conciencia política. La final de la Copa América realizada en Chile, el 2015, parecía ser la ocasión perfecta. El estadio Nacional, campo de concentración durante los primeros meses de la dictadura, y templo de esta religiosidad, pudo haberse convertido en un sitio de liberación simbólica. Bien se sabe que en ese lugar hay unas gradas que recuerda ese tiempo doloroso. Haber celebrado el triunfo, ahí y en silencio, hubiera tal vez, aliviado muchos dolores. El mundo del fútbol tiene variadas experiencias en este sentido. El cuadro de Defensor de Uruguay que celebra el campeonato dando la vuelta olímpica en forma inversa, como una forma de protesta contra la dictadura de ese país.

La religión es una fuente inagotable de metáforas para explicar el mundo. De la tradición cristiana, figuras como el sacrificio, el perdón, el peregrinaje, la traición, el pecado, la salvación, el Mesías, cielo y paraíso, purgatorio, son entre otros, lugares comunes que se trasladan a este espectáculo: zona sagrada, la del arquero, etc. Se trata de un misticismo deportivo en la que el ritual y lo festivo se entrecruzan. “Tocar el cielo” es la idea y la razón de ser de esta actividad. Las manos alzadas, las caras pintadas, los cantos bien pueden ser consideradas una liturgia.

El fútbol a pesar de ser, de las cosas menos importantes, la más importante, ha logrado calar hondo en la sociabilidad de la nación. Ha conseguido superar la clásica y rígida división de género, aunque sea sólo a nivel de las apariencias. “La roja de todos” es además un grito inclusivo que reclama unidad a pesar de tanta desigualdad y violencia que vive el país. Pero no ha logrado hacer desaparecer los discursos racistas, homofóbicos y de violencia contra la mujer.

Una nación con problemas de integración por la violenta desigualdad, encuentra en el fútbol una manera simbólica de narrarse a si misma como si fuera una unidad. El fútbol más allá de todo, parece ser la única actividad colectiva que produce alegría. Junta, aunque sea, de manera neo-tribal a la gente.

De Caszely a Marcelo Díaz

Salir jugando es el ideal de todo defensa. Es una marca de distinción, por lo mismo no hay muchos. Elías que le dicen don Elías y Beckenbauer, el Kaiser, sabían de este complejo don. Y lo hacían además con elegancia. Marcelo Díaz, “care pato”, parecía haberse inspirado en esos dos, y en esa tarde del domingo 2 de julio de 2017 (no nos olvidemos de ese fatídico domingo, en que además gana Piñera), enmudece los hogares chilenos y de paso le echa agua al asado.

Nada pudo hacer Claudio Bravo. No había como. Los milagros son además de los alemanes.

Dos estocadas alemanas, precisas y definitivas nos dejan sin la Copa que había logrado unir a los chilenos, al menos a la patria futbolística. Las otras están al debe. El bravo Marcelo, viejo curtido en los céspedes del mundo, cayó en un mutismo extraordinario que sólo rompió con una carta que más que dirigida a nosotros, se la auto-remitió. Chile, es un país que no olvida estas cosas, las otras las más importantes, si. No habrá olvido, pero si perdón.

Iquique, agosto del 2017